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Dos cadáveres en la mesa. Dos miembros de cadáveres en la mesa. Dos miembros de cadáveres en la mesa se marchitan. Día a día, los observo al entrar a casa. Rojo uno, azul ya el otro; un charco líquido descansa bajo los miembros. Disfruto de un buen vino a su lado. Las partes están casi secas. Tersas aún, las toco ¿Cómo serían en vida? ¿Cómo se verían de ser cuerpo? ¿El viento las acariciaría? ¿Disfrutarían el agua? ¿Se alegrarían con el sol? , Tomo unas tijeras y reduzco aún más los pedazos. Quizá los primeros días fueron horribles pero después de tanto tiempo se que ya no sienten. Ya no les importa observar mientras mueren. No les importa que el charco desaparezca. Cualquier rastro de esperanza, esa que debió esfumarse cuando fueron arrancadas, descansa entumecido. ¿Cómo será morir paralizado? ¿Cómo será esperar la muerte mientras tu asesino te presume a sus visitas? ¿Cómo mientras ellas te tocan, te huelen y te alaban? ¿Cómo sin poder gritar? ¿Cómo sin poder gritar? ¿Cómo sin poder gritar que te marchitas?
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Entró a la tienda. Se maravilló al observar un bello brazo asiático. Parecía haber pertenecido a una de mujer joven; una niña de entre 16 y 19 años. Aunque fresco, necesitaba algo más añejo. Se acercó a un raro espécimen pakistaní. Este sin duda era de hombre, delicado pero fuerte, se notaban sus largos viajes por el desierto. Más tarde, después de contemplar el hermoso ébano sudafricano, encontró su objetivo: un brazo neozelandés. Firme, de manos grandes y perfiladas, culminaba en unos dedos suaves y limpios. Tomo la maceta, pagó y sonrió pensando en su amada.
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Tu y yo. No compartimos color, aroma, amantes o gustos… pero compartiremos la asquerosidad de la muerte. Aquí, en este mundo artificial, lejos de los verdes parajes y el intenso sol, nos marchitaremos. Este frasco será nuestro sepulcro y los cuerpos hermanos, putrefactos, calmaran nuestra sed. Tu y yo moriremos. Tu y yo guardaremos en la memoria cada corte, cada pétalo perdido y cada llanto deseado. Tu y yo hasta el último suspiro, seremos una. Hasta que la última hoja caiga, tu y yo nos fundiremos en una nueva vida: como dos cadáveres enamorados.